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jueves, 15 de septiembre de 2011

No te duermas, por favor.







No cayó en la tentación suicida que provocaba el abismo de su escote, ni se embobó con la elipse que trazaban sus caderas al andar. Tampoco fue por su olor, mezcla de ron y menta, ni por el perfume de su éxito, ni por las caricias de su voz con textura de mousse de mango. Porque a pesar de todo, había demasiado en ella que a él no le gustaba.

No le enamoró su simpatía -porque nunca había conocido a una mujer tan adusta-, ni su humildad -dado que exudaba arrogancia en cada gesto-. Tampoco pudo seducirle su cultura, ya que ella odiaba leer, despreciaba el arte y sólo disfrutaba de la música enlatada de los garitos a los que era adicta. De hecho, podría decirse que no la soportaba.

Pero un día ella le miró a los ojos y él se sometió, preso de su mirada esplendente. Enredado en tal enamoramiento abstruso, entregó su dignidad y sus principios y acabó pidiéndole que se casara con él. A pesar del tiempo transcurrido desde aquella tarde, sólo sus ojos le hacen olvidar todo lo que detesta en ella.

Lo que no ha podido superar aún es que, cuando se despierta por las noches y la ve durmiendo a su lado, es incapaz de disimular la náusea que le provoca el desprecio que siente por ambos.

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Imagen obtenida de Google -Serigrafía - Mujer dormida  de Pablo Picasso