La especulación en Bolsa me permitió convertirme en un millonario anónimo hace diez años, antes de cumplir los treinta, y así poder vivir de acuerdo con mis deseos y aspiraciones. La educación en el Liceo Francés me dotó de una cultura sólida y la posibilidad de hablar tres idiomas sin que pueda distinguirse mi origen. La afición gastronómica de mi abuelo materno me subsumió en los placeres del sibaritismo. Mi encanto, sin embargo, no es adquirido, ni retocado, sino puramente natural; heredado de mi abuela paterna. He de reconocer, no obstante, que la traza de infortunio inopinado que parece acompañarme es artificial, calculada, entrenada con el único fin de utilizarla como golpe de gracia en el juego de la seducción. No he encontrado a la mujer que se resista a proteger a un ángel soñado en momentos de desdicha. Como resumen considero imprescindible subrayar que cada uno de éstos es un hecho comprobable y no opiniones vertidas por causa de una egolatría hipertrofiada.
En lo que a las mujeres respecta mi hedonismo me lleva a elegirlas en el mejor momento de sus vidas; cuando ya han cumplido los veinticinco pero no han llegado aún a los treinta y lucen una talla treinta y ocho por obra de la genética. Presto especial atención a la naturalidad. Detesto los retoques estéticos y descarto en diez segundos a las portadoras de prótesis por hermosas o apetecibles que puedan ser ellas.
Ser rico, atractivo y culto convierte a la conquista en una apuesta tan sencilla que hace de este punto del proceso la circunstancia que menos regocijo me genera. El goce llega en el momento en que se convencen de que las amo por lo que son y no por como lucen. Los estándares de la belleza exterior son tan exigentes y la cotización de la interior está tan sobrevalorada que todas –sin excepción- caen al primer empujón y se dejan ir. A partir de ese instante mi sibaritismo culinario me ayuda a llevarlas, poco a poco, de su venerada talla treinta y ocho al punto exacto donde a mí me gusta tenerlas, ceñidas en una cuarenta y dos. Hasta hoy no he conocido a ninguna dama capaz de resistirse a la tentación de la gula enamorada.
El proceso de transformación no ocupa más de nueve meses. La noche en que por primera vez se reconocen incapaces de deslizarse en la talla cuarenta del vestido de seda que les regalo, y asumen que han de transitar la brecha que nunca desearon para disimularse en una cuarenta y dos, principia la fase final.
Es entonces, y sólo entonces, cuando decido cómo habrán de morir y que recetas de mi colección utilizaré para saborearlas como se merecen.
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[Imagen obtenida de Google]
