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martes, 8 de enero de 2013

ELLAS




Siempre niegas, con vehemencia, que sea cosa del destino y lo argumentas con una erudición sobreactuada. Recurres –como si fuese fácil de entender– al Principio de la Relatividad Lingüística, «o hipótesis de Sapir-Whorf» dices, arañando las cuerdas vocales al pronunciar Whorf, para que suene lo suficientemente germánico. «La hipótesis sostiene que es la lengua del hablante la que determina cómo memorizamos, clasificamos y conceptualizamos la realidad que nos rodea.» concluyes, para añadir de inmediato «¿Te lo explico?»

Entonces lo fundamentas detallando que fue con Dolores con quien más has sufrido. Que antes de Lola, Nieves te dejó helado cuando se marchó sin despedirse y que luego fueron las manos de Lourdes y las caderas de Fátima las que lograron que creyeras en los milagros, pero que sólo con Asunción conseguiste tocar el cielo. Que sí, que después de Asun, llegó Consuelo y en su escote encontraste el refugio en el que confortarte; pero se cruzó Candela y te quemaste. Luego, con Remedios, creíste que te curarías –al fin– de tantos fracasos; hasta que apareció Olvido. Y claro.


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[Ilustración -Sin título- de Entidades En Tintades]


lunes, 27 de febrero de 2012

En el pecado...



 
Cuando recibes el chivatazo de que el Fiscal Anticorrupción está detrás de la pista de las facturas falsas, el desvío de las subvenciones y los sobornos por las recalificaciones, decides que has de hacer algo de inmediato. Optas por valorar los pasos a dar con Mónica, porque después de doce años juntos estás convencido de que es la única persona de la que te puedes fiar. Tomáis la decisión de recurrir a Pablo, dado que además de no haber trabajado nunca contigo y ser el marido de tu sobrina, ­a sus treinta años ha demostrado que es tan buen abogado como pobre en escrúpulos. Setenta y dos horas después, el plan se ha ejecutado con precisión. Las cuentas bancarias nacionales casi vacías, los expedientes de suspensión de pagos de las sociedades presentados, todo el dinero desviado a Belice –aunque tú creas que es mejor Gibraltar­– sin dejar rastro, en cuentas cifradas con Mónica como único usuario autorizado, las propiedades también a nombre de ella y cien mil euros en efectivo en casa para capear los meses que se avecinan.


Lo que resulta imposible de prever es el secuestro exprés, a manos de los sudamericanos, que sufrís dos semanas mas tarde a la salida del restaurante. El ataque de pánico que padeces –con descontrol de esfínteres incluido– demuestra que hasta Mónica, que es quién más golpes recibe, tiene más entereza que tú. Las joyas y el efectivo que conservas en casa resultan muy poco botín. Ellos están seguros de que debe de haber más en algún sitio. Llevándose a Mónica –que te mira suplicante con el ojo que aún puede abrir a la vez que intenta esbozar una sonrisa de consuelo­– te dan treinta y seis horas de plazo para entregar el medio millón que quieren. Sin ella tú ya no tienes acceso a tu fortuna y dos días después aparece el cuerpo de una mujer quemado en el maletero de tu coche, que arde en el solar de la última promoción que dejaste sin ejecutar, en aquella carretera comarcal que baja a la playa.


Cuando, además de la imputación por cohecho, prevaricación y alzamiento de bienes, el juez instructor te explica que eres sospechoso de ser el autor intelectual de la desaparición y presunto asesinato de Mónica, sabes que sólo te queda la salida de la confesión. Incluso antes de que se llegue a descubrir que el cuerpo del maletero pertenece a una prostituta colombiana desaparecida, es al intentar localizar a Pablo –cuando tu sobrina te explica que él salió de viaje sin avisarle y que no sabe dónde está, ni le responde a sus llamadas al móvil– que las piezas empiezan a encajar. En una regresión paulatina de recuerdos vas recuperando esas imágenes que nunca dejaron de molestarte en la memoria; las miradas cómplices entre Pablo y Mónica mientras firmabais los documentos, la insistencia de ella en que fuera él quién lo arreglara todo, las risas de ambos en las reuniones familiares, aquel «Tía Moni» meloso con el que comenzó a llamarla en la fiesta de navidad de hace dos años, la respuesta de ella «de Tía nada, corazón, que sólo te llevo diez años». De pronto comprendes por qué ella nunca quiso hacer los trámites para convertirse en ciudadana europea, aunque su pasaporte brasileño le obligase a solicitar visas para viajar. Entonces comienzas a aceptar que lo único que te queda son diez años a la sombra para planificar tu venganza.


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[Imagen obtenida de Google] 
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miércoles, 23 de noviembre de 2011

DESPERFECTOS

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Al Profesor Paredes
Por las alegrías de la juventud.


 
Hacía meses que la nevera funcionaba con una intermitencia descontrolada. Tan pronto cubría las hojas de las lechugas de una escarcha densa con olor a chorizo, como parecía haberse puesto clueca y dispuesta a incubar los huevos que reposaban en la puerta.  
 
Él, hombre previsor, metódico, sumido en una ataraxia inmutable y sin conocimientos de mecánica doméstica, bricolaje, electricidad o generación de frío, se desesperaba frente a la bipolaridad del aparato.

Ella, tan joven como despreocupada, espontánea y hermosa, ni siquiera había reparado en que algo no funcionaba bien. Toda su atención estaba concentrada en su alumno de la clase de Literatura de segundo de bachillerato. Aquel que –en arrebato temerario– le había confesado que ella era la mujer con la que siempre –un siempre de diecisiete años­– había soñado. Ella hubiese preferido poder resistirse a su mirada de cómo me habré atrevido, pero lo cierto es que encalló en aquellos labios que instintivamente, como esponjas, sabían deslizarse por su cuerpo y encontrar el rincón de cada pliegue que la hacía estremecer.

Él, mientras tanto, dividía sus desvelos entre la patología de la nevera y la indiferencia de su mujer, que llegaba a casa cada día más tarde y con la intención única de revivir en duermevela sus días y no atender, ni aún despierta, a sus noches. Si bien él siempre consideró que la mejor forma de deshacerse de un problema es dejar que se diluya por sí mismo, transcurrido un tiempo que consideró más que suficiente, asumió que no podía seguir conviviendo con miedo a la salmonelosis y al desamor.

Cuando aquella noche sacó la tercera cerveza caliente de la nevera, supo que había llegado a su límite. Con decisión apartó el plato en donde aún humeaba su cena, tomó el block de la lista de la compra —que se sujetaba con un imán a la puerta del aparato enfermo— y se dispuso a redactar.

«¿Que escribes?» preguntó ella.

«Un anuncio clasificado» respondió él.

«¿Un anuncio clasificado? ¿Compramos o vendemos?» le interrogó sorprendida.

«Permuto» dijo él y leyó «Cambio mujer infiel por nevera que funcione»
 
 
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[Imagen obtenida de Google]